
El pasado 5 de julio fue un día especial para mí: por primera vez asistí a depositar mi voto en elecciones de carácter municipal, local y federal (solamente había emitido un sufragio para elecciones delegacionales de mi municipio). Me quedó la doble impresión de haber cumplido con un deber ciudadano y de reflexión en torno a lo que es la vida política y democrática de nuestro país.
Soy profesor y como tal me atribuyo el poder de reflexionar sobre el tipo de ciudadanos que estamos formando: el voto es algo muy serio para ser depositado en manos de una masa desinformada y susceptible de ser convencida por argumentos mercadotécnicos, habladurías, difamaciones, distorsiones de la información, parcialidad, y tantos otros vicios que aquejan a la democracia de nuestra nación. Quizá alguno de mis selectos lectores esté pensando que pretendo despojan de su derecho a votar a millones de ciudadanos; es por ello que doy la siguiente explicación no para convencer sino para crear un poco de debate a partir de la reflexión:
Un deber cívico tan importante solamente puede depositarse en manos de gente capaz, competente si queremos seguirle el juego a la reforma educativa de nuestra nación (no hablo despectivamente al respecto). ¿Qué estamos haciendo al respecto como gremio, más allá de cualquier esfuerzo individual que hayamos hecho o que nos atribuyamos, repito, como gremio?
¿Están bien los requisitos para ser considerado ciudadano? ¿Basta con tener 18 años y un acta de nacimiento? ¿Qué hay de los delincuentes? Ellos también son mayores de 18 y, por supuesto, tienen un acta de nacimiento. Y los funcionarios que han sido señalados como ladrones y se les ha demostrado que lo son, ¿deben seguir siendo ciudadanos al igual que otros delincuentes?
La democracia está siendo sobrevalorada en tanto bien común, universal, entre los considerados mayores de edad. Los griegos, cuyo ideal evocamos una y otra vez al hablar de los sistemas democráticos, podían tomar decisiones consultando al pueblo porque:
1. No eran muchos: solamente los habitantes de una ciudad y sus tierras, inicialmente Atenas.
2. No todos los mayores de edad eran ciudadanos: los esclavos, los delincuentes, los afectados en sus capacidades mentales, las mujeres, los hijos de extranjeros (o al menos de un extranjero), los desposeídos, los alguna vez encarcelados, y otros no eran ciudadanos.
Lo que inventaron los gabachos fue la democracia representativa, corríjanme el dato si fueron otros quienes lo hicieron. Esto complica las cosas al despojar del poder al ciudadano para depositarlo en un representante y al mismo tiempo las simplifica al poder coordinar una nación cuya cantidad de habitantes no se mide en miles sino en decenas o cientos de millones. La cuestión vuelve a ser ¿estamos todos facultados para depositar o ser depositarios de una responsabilidad tan grande?
Una de las situaciones que me parecen más inquietantes es si somos responsables con nuestro ejercicio ciudadano: en un país como el nuestro (México), en el que estamos acostumbrados, sobre todo en el magisterio, a que las cosas se resuelvan a través del tráfico de influencias (cualquiera que sea su magnitud) contando con una “palanca” (un conocido en cualquiera de los poderes de la unión, locales o municipales) para obtener poder o beneficios económicos (idealmente ambos), al llegar el momento de emitir un sufragio: ¿votamos por lo que es mejor para el país/entidad federativa/municipio, o por lo que es más ventajoso para nuestras ambiciones? ¿Cómo solemos resolver la situación anterior si implica una disyuntiva? Una vez respondidas estas interrogantes, ¿seguimos sintiéndonos ciudadanos honestos y responsables? ¿es el tipo de ciudadanos que estamos llamados a formar? ¿merecen los delincuentes (cualquiera que sea su vestimenta y herramientas: corbata, sombrero, paquete de recibos de la escuela, pistola u otra cosa que usen para cometer sus delitos) ser considerados ciudadanos?
Les dejo estos planteamientos y agradezco por anticipado sus colaboraciones.